Cuentan los que saben (o al menos los que aparentan saber) que los humanos usamos solo el diez por ciento del cerebro, y tomando como referente al azar a cualquier aspirante a congresista de la República, me atrevo a decir que 10 es un número muy alto.
Un personaje que se escapó, por mérito propio, de esa desoladora cifra fue un judío alemán que planteó la teoría de la relatividad. La Historia revela que cuando Albert Einstein murió en 1955, le extrajeron el cerebro durante la autopsia para estudiar las claves de su genialidad.
Fue tanto el alboroto por develar los secretos ocultos en los sesos del matemático pelucón nacido en Ulm, que poco tiempo después su cerebro fue robado. Porque así como los cuerpos desnudos, los cerebros sin cabeza también son objeto de culto y fascinación.
Museo de cerebros
Cuando Francisco Quispe Quispe murió allá por los años 70, víctima de una cisticercosis meningioma, nunca pensó que su cerebro, carcomido por una tenia, terminaría en un cilindro de vidrio exhibiéndose en un museo.
Y así como Francisco (consignado como Caso 2390), son más de 2 mil 850 los cerebros colectados desde 1942 por los científicos del Instituto Nacional de Ciencias Neurológicas (INCN) y 300 son los que se exhiben desde ayer en el relanzado Museo de Cerebros, único en Latinoamérica y ubicado dentro del ex hospital Santo Toribio de Mogrovejo, en el centro de la capital.
Un vaho de formol se respira en los dos pequeños ambientes del museo. Seis fetos, cada uno más deforme que el otro, pareciera que pasaran revista a todo antropomorfo que osa interrumpir su inmóvil y húmedo descanso en el salón principal.
Si bien es cierto que el hidrocefálico es el que más acapara la atención de los visitantes, en especial de los niños, el feto cíclope resulta más enigmático y aterrador: un verdadero espectáculo de rarezas, un freak show, casi un programa de Laura Bozzo.
En este ambiente también está, aislado en una esquina, un cerebro con la médula espinal completa. Su forma maravillosa se asemeja no tanto a una medusa como a un espermatozoide y no deja de fascinar al observarlo: el hombre por dentro, su epicentro y motor.
Cruzando un marco (no hay puerta) se accede a otro ambiente. Cuatro paredes, tres anaqueles repletos de cerebros. En las paredes todo son sesos. Hay de diferentes tamaños, rugosidad y tonalidades. Y la mayoría son cerebros que acabaron mal, con lesiones que apuraron la muerte de sus portadores (no necesariamente usuarios). Aquí es donde encontramos, entre otros, a Francisco Quispe y a Loreta Mejía, joven mujer que acabó sus días como consecuencia de la hidrocefalia. Sus sesos remojados en formol están consignados con el número 2335.
En la cuarta pared se exhiben, a contraluz, una serie de fotografías en las que se identifican las diversas enfermedades físicas que atormentan y deforman al cerebro humano: "Es una colección de microfotografías neuropatológicas única en el mundo", me corrige Sandra, una de las improvisadas guías en esta tumultuosa visita al relanzamiento de la Cerebroteca.
Estar de pie ante tanto seso encapsulado marea, enturbia un poco la vista. ¿Será el miedo de terminar así? ¿Serán los efectos del formol?
Cerebros en fuga
Los más de cien cerebros ordenados cual libros en los estantes harían las delicias de más de un científico loco.
Imagino al brutal médico nazi Josef Mengele, ‘El Ángel de la Muerte’, dedicando sus tiempos ociosos a la contemplación de la infinidad de vericuetos que se dibujan dentro y fuera de la masa encefálica humana o a Hannibal Lecter escogiendo, con las babas en sus comisuras, los insumos para un delicioso risotto a la parmesana con sesos al vino tinto.
Pienso también en todo lo que podría alucinar y disfrutar un niño pequeño dentro de este minúsculo museo. Todo lo que podría inventar y todas las mentiras macabras y divertidas que les contaría a sus amigos del barrio.
El cerebro original
El Museo de Cerebros o Cerebroteca, como han tenido a bien bautizar los científicos del INCN esta exhibición, es fruto de un cuidadoso trabajo de recopilación y clasificación desde 1942 hasta la fecha por parte del Departamento de Investigación, Docencia y Apoyo al Diagnóstico en Neuropatología, como contribución a las actividades científicas que desarrolla el Instituto.
Son en total 2 mil 841 muestras (cerebros) con diversas lesiones cerebrales las que conforman esta rara colección y de esta manera el Museo se ubica en una posición privilegiada y solitaria en América Latina.
Los cerebros que se exhiben han sido acopiados desde la primera autopsia realizada por el Instituto Nacional de Ciencias Neurológicas el 6 de diciembre de 1942.
Es por estas razones y por "la colección de microfotografías neuropatológicas única en el mundo" que el relanzado Museo de Cerebros del INCN se constituye en una visita obligada para profesionales en medicina, estudiantes universitarios y escolares, y para todo aquel que quiera conocer más acerca de los seres humanos. O simplemente, para el que quiera divertirse.