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Cerebro e inmersiones lingüísticas

Por philosophico - 29 de Diciembre, 2005, 12:09, Categoría: General

EL lenguaje se encuentra en la raíz más profunda de la naturaleza humana, no en vano sus códigos se han anclado fijos en el genoma y se han originado paralelos a los cambios evolutivos del propio cerebro en los últimos dos millones de años. Ello ya nos habla de la esencia del lenguaje como mecanismo para salvaguardar la supervivencia humana, tanto individual como de la especie. Claro que antes ya existía el lenguaje emocional, el de los gestos, los gritos y las onomatopeyas, que compartimos en buena medida con todos los demás seres vivos. Pero fue en esos dos millones de años, con el aumento exagerado del cerebro, cuando se adquirió ese nuevo lenguaje, noético y simbólico, el de los universales, en definitiva, el de las ideas y la belleza.

El cerebro tiene, al nacimiento, los circuitos «duros», genéticamente programados, capaces de grabar en ellos cualquier idioma. Y es la lengua de los padres la que reconstruye, transforma y modela esos circuitos del cerebro en un proceso lento a través de la física y la química, la anatomía y la fisiología. Tan lento es que la primera palabra no aparece antes del año y medio, y con un año más aparecen ya palabras sueltas, y sólo después, hacia los tres años, aparecen las frases. Todo esto lo sabe casi todo el mundo. Pero lo que no sabe todo el mundo es que no es lo mismo grabar en esos años tempranos un idioma que otro. En esos años se captan y aprenden matices sensoriales y emocionales que son transferidos con las palabras de un determinado idioma como no lo serán, sin embargo, con ningún otro que se aprenda después. Y es este idioma temprano el que queda más profundamente anclado en el cerebro humano y con el que el niño definitivamente dibujará el mundo y sus gentes. Ningún otro idioma será plenamente equivalente. Y es con ese instrumento con el que el niño dibuja, «nombrándolo» y sin esfuerzo, el mundo y «lo diferencia» de otros mundos, lo que incluye matices de las cosas, sucesos y personas. Con el idioma más genuino, aquel que se escucha tras el nacimiento, se expresa la intimidad de una manera diferenciada y única. Por eso un idioma unifica emocionalmente a las gentes, pero también, y al tiempo, las desune. Es un bisturí que corta emocionalmente lo «ajeno y diferente».

Y es por todo esto por lo que la sintonía emocional sutil que proporcionan las palabras de un determinado lenguaje jamás puede ser traducida fidedignamente a otro. Que se lo digan a los poetas y los escritores. La lengua genuinamente materna marca, rotula en el cerebro, el instrumento que expresará y describirá el mundo más íntimo. Un chino o un árabe no conciben el mundo, ni procesan la información ni la expresan con su idioma de la misma manera que cualquier otro ser humano con una lengua diferente. Se puede pensar que lenguas muy próximas, como lo pueden ser el italiano o el gallego y el castellano, produzcan más proximidad a estos matices que he señalado, pero no es desde luego el caso para el chino o el árabe. Pero aun así, persiste esa diferencia de matices anclados y transformados en tejido cerebral en esos primeros años tras el nacimiento. Aun siendo auténticamente bilingüe, donde desde el nacimiento se haya oído hablar en el seno familiar dos lenguas distintas, sigue existiendo una con un color emocional más profundo y sutil, quizá el de la madre, reforzado por el de la calle y de todos los días. Color emocional posiblemente no detectable ni por el individuo, ni por tests psicológicos sofisticados, ni tan siquiera tal vez por las técnicas de imagen cerebral más sofisticadas. Pero existir, existe. Hoy, con la neurolingüística, comenzamos a conocer las profundidades abisales en las que el lenguaje está anclado en el cerebro y su tremendo significado no sólo para la solidaridad y la agresión entre los seres humanos, sino para lo que resulta todavía más sorprendente, para la propia concepción del mundo y para, con ello, compartirla.

El final de estas reflexiones es que empezamos a darnos cuenta de que las lenguas pueden ser instrumentos de «identidad» separadora, que lo son, de unos grupos frente a otros. Y que de hecho se utilizan como arma de agresión «diferenciadora». Sólo hay que mirar los telediarios un poco todos los días para ser consciente de cuanto acabo de decir. El niño «inmerso» totalmente en una determinada lengua desde el mismo nacimiento concebirá el mundo de una manera «diferente» a los demás que no hablan esa misma lengua. Y lo hará de una manera casi permanente y definitiva. Esto antaño tenía un valor de supervivencia enorme, pues creaba una fuerza de grupo cohesionada. Hoy, por el contrario, ese mismo proceso, si es ejecutado dentro de un grupo grande, homogéneo y de lengua común y centenaria, debilita, es separador y estéril. La «inmersión absoluta» de los niños recién nacidos en un idioma en el seno de una sociedad que ya habla otro idioma o dos tiene claramente un propósito diferenciador y de aparente supervivencia para quien dirige esa inmersión. Supuestamente, esa mayor supervivencia se adquiere a través de ventajas como vivir mejor y más seguro que los demás, porque nadie marca diferencias para mostrar que es peor, más humilde y por tanto más necesitado.

Ante todo esto, se me ocurre que debiera haber más voces levantadas entre lingüistas, científicos, escritores y poetas que expliquen a esos políticos, muchos sólo obedeciendo a una emoción hoy vacía, que están enarbolando una bandera errónea, aquélla de la inmersión completa en una lengua minoritaria, sin conocer lo que ello significa. O quizá pensando que ello es un bien para su comunidad frente a la de los demás. O quizá pensando que esa «emoción profunda» de la lengua diferenciadora representa lo que en otros tiempos, milenarios, representaba, sin darse cuenta de que hoy es una desventaja profunda la que «sumergen» en los cerebros de los niños. El mundo ya no es un pedazo de tierra cerrado frente a otro, sino pedazos que se abren a pasos agigantados unos a otros. Y la llave, el instrumento que abre esos pedazos geográficos, son las lenguas y la emoción y la concepción del mundo que con ellas se adquieren. Es una lástima que ante la ceguera de algunos pocos, otros tantos, también ignorantes, apoyen «inmersiones» que suponen en esencia la construcción de la barrera más dura que se pueda imaginar.

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